Los europeos se han rendido definitivamente a su vehículo eléctrico favorito. La bicicleta

Mientras la industria automovilística y los gobiernos de toda condición se rompen la cabeza para incentivar la compra de coches eléctricos, los europeos han abrazado ya a su vehículo eléctrico favorito: la bicicleta. El último informe de CONEBI, la confederación de fabricantes europeos de bicicletas, es nítido. El volumen de ventas de e-bikes aumentó un 50% en 2020, llegando a los 4,5 millones de unidades. En 2019 la cifra se situó ligeramente por encima de los 3 millones.

Un hito. Son cifras inéditas en la breve pero muy intensa historia de la bicicleta eléctrica. Antes de que la pandemia revolucionara al sector, las e-bikes representaban en torno al 15% de la cuota de mercado y sus ventas crecían al 23% interanual. Hoy el primer porcentaje supera el 20% (una de cada cinco bicicletas compradas en Europa llevan ya un motor eléctrico) y el segundo alcanza el ya citado 50%. La venta de bicicletas en agregado está creciendo; la de bicicletas eléctricas, mucho más.

Cuestión de tiempo. No todos los países han abrazado las dos ruedas con igual entusiasmo. Aquí, como en otros asuntos relativos a la bicicleta, Países Bajos va por delante: ya en 2018 en torno al 50% de las unidades vendidas eran e-bikes. Europa va algunos pasos por detrás, pero no demasiados. Fabricantes como Bosch prevén el sorpasso para 2025: “En los próximos tres o cuatro años una de cada dos bicicletas vendidas en los mercados clave de Europa serán eléctricas”. Todo ello pese a un retroceso a la media previsto (25% interanual) una vez pase la fiebre pandémica.

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Más dinero. En total, las e-bike movieron alrededor de €10.000 millones a lo largo del año pasado, otro alucinante incremento del 52% respecto a los cursos previos. Una economía que resultó ser doméstica. La crisis logística, la escasez de materiales y la dificultad para acceder a productos nuevos pero fabricados en la otra esquina del mundo favorecieron que en torno al 80% de las bicicletas eléctricas compradas en el continente se produjeran aquí. Una tendencia que seguramente se acentúe.

No tan imprevisto. En general, las bicicletas eléctricas se han beneficiado de la fiebre por las dos ruedas que se ha apoderado de los mercados occidentales durante el último año y medio. Los motivos oscilan entre un revitalizado interés por el ejercicio al aire libre, fruto de los confinamientos; y por el renovado impulso que la movilidad sostenible ha adquirido en muchas ciudades, como París. Eran tendencias que habían ganado tracción durante los últimos años pero que la epidemia ha acelerado. Y en el centro de esa aceleración se ubican las e-bikes.

El agravio. Mientras las ventas de EV apenas superaron los 1,3 millones de unidades en 2020, las e-bikes triplicaron la cifra. Son más baratas (en torno a los 2.500€), cada vez más versátiles (la fiebre por las bicicletas cargo de Alemania lo atestigua) y están favorecidas por las nuevas tendencias urbanísticas. El motor reduce las limitaciones por cansancio o dificultades orográficas. Y los coches eléctricos, entre tanto, siguen siendo demasiado caros (en relación a las e-bikes y a los coches normales).

El futuro de Europa sí pasa por los vehículos eléctricos. Pero ahora mismo se parecen más a una bicicleta que a un coche.



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