Nuevo análisis de la señal “¡Wow!” reafirma su posible origen extraterrestre y su potencia era mucho mayor a la pensada

Cuatro décadas después, una investigación pionera con datos inéditos del radiotelescopio Big Ear descarta interferencias terrestres y postula una explicación astrofísica intrigante, sin descartar por completo la hipótesis de inteligencia extraterrestre.

El enigma más persistente en la historia de la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre (SETI) acaba de adquirir una nueva y fascinante capa de complejidad.

Un equipo de científicos ha reexaminado la legendaria señal “¡Wow!” —detectada en 1977— utilizando metodologías modernas y, por primera vez, analizando datos archivados que no habían sido estudiados a fondo. Los hallazgos, publicados en dos artículos de preimpresión, no solo fortalecen la teoría de un origen extraterrestre de la señal, sino que también sugieren que fue significativamente más potente de lo que se pensaba, al tiempo que proponen una nueva y audaz explicación astrofísica para su procedencia.

El Misterio Perdurable de 1977

El 15 de agosto de 1977, el radiotelescopio Big Ear de la Universidad Estatal de Ohio registró una anomalía sin precedentes: una emisión de radio de banda estrecha, intensa y que duró exactamente 72 segundos, coincidiendo con la línea de emisión del hidrógeno neutro (1420 MHz), considerada un canal potencial para la comunicación interestelar. El astrónomo Jerry Ehman, al revisar los datos, rodeó la secuencia alfanumérica en la impresión del ordenador y anotó a su lado un contundente “¡Wow!”. Así nacía un misterio que ha desafiado toda explicación sencilla durante 46 años, resistiéndose a hipótesis como cometas o fallos instrumentales y alimentando la especulación sobre un posible mensaje de una civilización lejana.

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Una hipótesis sobre la causa de la señal.

Un Análisis Renovado con Herramientas Modernas

El nuevo estudio, liderado por el profesor Abel Méndez del Laboratorio de Habitabilidad Planetaria de la Universidad de Puerto Rico en Arecibo, se propuso aplicar las técnicas analíticas del siglo XXI a los datos originales del Big Ear. El equipo se centró en descartar de manera concluyente cualquier origen terrestre o de interferencia de radiofrecuencia (RFI). Sus conclusiones son contundentes: la probabilidad de que la señal “¡Wow!” fuese el resultado de una interferencia aleatoria es estadísticamente minúscula. Según sus cálculos, se necesitarían aproximadamente seis milenios de observaciones continuas para que una RFI aleatoria produjera una señal análoga.

Descarte de Satélites y una Potencia Revisada

La investigación también descartó de manera casi definitiva la teoría de que la señal proviniese de un satélite artificial. La mayoría de los satélites de la época no transitaban por la región específica del cielo observada, y aquellos que podrían haberlo hecho habrían cruzado el campo de visión del telescopio en apenas fracciones de segundo, incapaces de generar una señal sostenida de 72 segundos. Tras este minucioso proceso de eliminación, el equipo hizo un descubrimiento crucial: la señal fue mucho más intensa de lo estimado originalmente, con una potencia recalculada de aproximadamente 250 Janskys, una cifra que cuadruplica las estimaciones previas.

La Nueva Pista: Nubes de Hidrógeno y Eventos de Superradiancia

El hallazgo más novedoso del “Proyecto Wow de Aricebo” fue la identificación de dos señales previamente pasadas por alto en los datos de 1977 y 1978, bautizadas como “Wow2” y “Wow3”. Estas señales, aunque mucho más débiles, compartían características clave con la original. Al cotejar sus coordenadas con mapas astronómicos modernos como el sondeo HI4PI, el equipo las asoció a pequeñas y compactas nubes frías de hidrógeno atómico (HI) en el medio interestelar de nuestra galaxia.

A partir de esta correlación, los investigadores postulan una hipótesis astrofísica fascinante: la señal “¡Wow!” pudo ser el resultado de un evento de “superradiancia”, un fenómeno similar a un máser (un láser de microondas natural) en el que una nube de hidrógeno amplifica de manera coherente una señal de fondo. Este estallido de energía pudo ser desencadenado por una fuente de radiación intensa y transitoria, como la llamarada de un magnetar (una estrella de neutrones con un campo magnético extremadamente poderoso) o un repetidor de gamma suaves.

Reabriendo el Caso con un Mapa Más Preciso

A pesar de proponer esta explicación natural, el equipo es cauteloso. Su trabajo no afirma haber resuelto el misterio, sino que lo “reabre con un mapa mucho más preciso en la mano”. La posibilidad de que la señal fuese de origen tecnológico, aunque remotísima, no ha sido descartada por completo. Lo que este estudio sí logra es refinar drásticamente el marco de búsqueda para futuras investigaciones de tecnofirmas, descartando callejones sin salida y señalando hacia nuevos fenómenos astrofísicos que podrían imitar las señales que los científicos buscan.

El profesor Méndez y su equipo continuarán escudriñando los archivos del Big Ear y otros observatorios en busca de eventos similares, asegurando que la señal “¡Wow!”, ya sea un grito de la naturaleza o un susurro de una civilización desconocida, continúe impulsando la curiosidad humana por descifrar los secretos del cosmos.

 

Estudios

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